Sobre mí

Provengo de una ciudad muy bonita de los Andes venezolanos llamada Mérida, siendo de raíces venezolanas por el lado materno y españolas por el lado paterno. Mi padre, Federico, y mi madre, Viviana, profesores universitarios ambos. Tengo dos hermanas menores, Mariana y Pilar, y una gran familia tanto en Venezuela como en España.

El interés por los vehículos lo demostré desde temprana edad, con cumpleaños de temática de Ferrari, rodeado siempre de juguetes con ruedas y llenando los bolsillos de mis pantalones de 5 o 6 “carritos” —seguramente Hot Wheels— que mi mamá me revisaba y requisaba antes de irme al colegio para evitar problemas con mis compañeros. Con los años, junto a mi papá y un tío, logramos reunir una interesante colección de autos a escala que aún conservamos; quizás no exhibida de la forma que quisiera, pero en el futuro seguramente lograremos tener un espacio para ello.

Toda mi formación educativa, desde primaria hasta la universidad, la realicé en Mérida. Desde niño me gustaba dibujar automóviles, lo que me llevó a estudiar Diseño Gráfico. Durante la carrera descubrí mi interés por la fotografía, especialmente la de vehículos, y esa pasión quedó reflejada en mi tesis de grado: Recuperación del Patrimonio Histórico Vehicular, y todo ello con base en fotografías propias.

Venezuela es un país donde el vehículo forma parte de la familia y es un bien muy preciado, por lo que hay mucha afición. Mi familia era una de ellas, donde los fines de semana, muy temprano en la mañana, se ve la Fórmula 1 y, más recientemente, MotoGP. Crecí rodeado de esa pasión, y mis padres, abuelos y tíos alimentaron esa pasión llevándome a eventos, regalándome libros, revistas o miniaturas, e incluso permitiéndome acompañarlos a lavar o reparar los coches.

Aprendí a conducir a los 14 años, moviendo vehículos en el garaje de mis abuelos. A los 15, mi padre me regaló mi primer coche: un Mercedes-Benz 250C blanco de los años 70, que estaba para restaurar y que, aunque nunca llegué a utilizar, sigo considerando especial. Mi primer coche funcional fue a los 16: un Volkswagen Karmann Ghia rojo con techo blanco, de los años 60. Muy seguramente haya sido mi primera “negociación”. Lo utilizaba para ir al colegio con la autorización y confianza de mis padres. Con él empecé a asistir a encuentros y actividades con clubes automovilísticos, aunque aún no tenía carnet, así que me limitaba a conducir poco, observar, aprender y compartir.

Mi padre es hijo de un chapista originario de Burgos, mi abuelo Amando —o “El Nono”, como yo le decía—, quien emigró a Venezuela en los años 50 en busca de un mejor futuro. Junto a ellos aprendí en la práctica sobre mecánica, restauración y el valor del trabajo bien hecho. Contribuí en la restauración completa de vehículos clásicos como una BMW Isetta 1958, un Chevrolet Bel Air 1954, un DKW 3=6 1958 y una Volkswagen Transporter 1959, que aún espera su turno para ser terminada dada mi migración.

A lo largo de los años pasaron muchos más coches por mis manos, a veces como parte de un pequeño negocio, otras por falta de espacio o tiempo. Pasaba horas revisando anuncios en periódicos, revistas y páginas web en busca de modelos interesantes. Esa práctica me enseñó a entender el mercado —bastante agresivo en Venezuela—, a negociar, gestionar documentación, redactar buenos anuncios y hasta llevar una contabilidad básica para evaluar ganancias o pérdidas.

En 2015 emigré a España buscando nuevas oportunidades profesionales, y desde entonces he trabajado en el área de compraventa de vehículos y motos. Hoy combino mis conocimientos en diseño gráfico y fotografía con mi pasión por el mundo del motor. Valorar, documentar, preservar y, a la vez, seguir las innovaciones del sector es algo que me motiva profundamente. Porque, para mí, un coche o una moto no son solo máquinas: son historia, diseño, emoción y memoria.